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A pocas horas de la capital, un viaje por la Argentina gaucha junto a los hombres y las mujeres de la pampa húmeda.

A un par de horas de viaje desde la ciudad de Buenos Aires, los llanos caminos de la pampa bonaerense se vuelves sinónimo de campos, estancias y gauchos. Aquí, al galope de los caballos criollos, en los tambos y con la vista en el horizonte poblado de cultivos, la tradición rural se muestra centenaria. Estancias señoriales, bonitas posadas rurales, hotelitos de campo y pintorescos pueblos turísticos invitan a empezar el día con el aroma del pan recién horneado. La tranquilidad de la vida campera invita a recorrer los campos de la llanura a lomo de elegantes caballos criollos, andar en bicicleta por calles anchas y adoquinadas, conocer en centros tradicionalistas e interesantes museos lo mejor de la literatura y las costumbres gauchescas, participar incluso de las tareas rurales y, en todos los casos, llenar el alma con la belleza de un horizonte infinito.

Distribuidos por toda la provincia, los pueblos turísticos narran su parte de la historia argentina. Pequeños, pintorescos, levantados a la vera de antiguas estaciones de ferrocarril, comparten con el visitante su inclaudicable espíritu rural. Al recorrer sus prolijas calles, largas y anchas, custodiadas por árboles centenarios, el tiempo parece haberse detenido. En antiguas pulperías donde el vermouth se acompaña con cazuelas de queso y salame, el encuentro se celebra al mejor estilo vintage. En museos emplazados en medio de bellos parques naturales, la tradición dice presente; de fondo suenan zambas y vidalas. En los alrededores de las lagunas donde deambulan los caballos, siempre en compañía de perros callejeros, el aire pampeano oxigena el alma. La experiencia es, definitivamente, para compartir en familia.

Las estancias señoriales reseñan un pasado agrícola-ganadero. Ocultas bajo añosas arboledas, se descubren hacia el final de senderos poblados de eucaliptos; son más de 300 y reciben a los viajeros con servicios de primera calidad dispuestos en construcciones que dan testimonio de los más variados estilos arquitectónicos. No faltan en ningún caso el mobiliario de época, los hogares a leña, los amplios ventanales con vista al horizonte, los patios con aljibe y las frescas galerías. 

Pequeños pero encantadores, las posadas y los hoteles de campo proponen experiencias rurales activas: participación en las tareas –y las diversiones- del gaucho, el ordeñe, el arreo, la doma, las cabalgatas, los paseos en sulky y hasta alguna payada. Si es tiempo de verano, el chapuzón en las frescas aguas de los tanques australianos será ¡glorioso! Durante todo el año, los artesanos del cuero y la plata rinden en suelo bonaerense tributo artístico al hombre de campo.

La experiencia se completa con la degustación de comidas típicas, presidida por el ‘asado con cuero a la cruz’. De puertas siempre abiertas, con excepción de algunas horas de la tarde -cuando en toda la provincia se cumple, religiosamente, el ritual de la siesta-, los almacenes de ramos generales causan sensación. Algunos, antiguas cajas registradoras y altos mostradores incluidos, lucen como hace cien años; otros, coquetos, innovadores, igualmente cálidos, se han reconvertido con espíritu gourmet.

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