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Por los Valles Calchaquíes de Tucumán, un recorrido entre los cerros por ciudades de piedra donde se conservan las huellas de la vida en tiempos originarios.

Desde San Miguel de Tucumán hacia el norte parte la ruta que sube hasta los Valles Calchaquíes. Un camino serpenteante que deja atrás la ciudad, atraviesa campos sembrados, extensos cañaverales y comienza a subir por las exuberantes selvas de altura. Luego de recorrer 107 km, al pie del cerro Aconquija se extiende el Valle de Tafí en todo su esplendor. Los pobladores originarios de estas tierras lo llamaron “Taktillakta”, ‘pueblo de la entrada espléndida’. Y para comprobar el alcance de estas palabras hay que verlo con los propios ojos. Tafí del Valle es un pueblo de ensueño, rodeado de cerros verdes y de historias. Sus casitas antiguas le dan un aire de otras épocas. En sus calles tranquilas, los pobladores caminan sin apuro. Del paso de los Jesuitas por estas tierras se conserva la Capilla Jesuítica de La Banda, hoy convertida en museo que exhibe, además, piezas arqueológicas de las culturas originarias Tafí y Santa María. El legado jesuita se saborea, también, en los tradicionales y afamados quesos de la zona que pueden degustarse en los cascos de las estancias de campo, antiguas casonas de paredes de adobe y frescas galerías.

A pocos kilómetros de Tafí del Valle, en el Mollar, una pequeña villa ubicada a orillas del Dique La Angostura, se encuentra la reserva arqueológica Los Menhires. Aquí se reunieron los enigmáticos monolitos tallados en piedra hace unos 2.000 años en los que pueden descubrirse figuras antropomórficas y zoomórficas. Originalmente, estos monolitos, que llegan a medir hasta 3 metros, estaban distribuidos por todo el valle y se conjetura que tenían un carácter mágico y ceremonial, propiciatorios de la fertilidad.

La ruta ancestral continúa siempre hacia el norte. Tras pasar el Abra del Infiernillo, el punto más alto del recorrido, el paisaje cambia, se vuelve más árido y comienza a poblarse de cardones. El camino conduce hacia Amaicha del Valle, tierra de copleras y de tejedoras; único pueblo del país al que la Corona española devolvió sus tierras a través de una Cédula Real. Desde entonces, Amaicha mantiene sus tradiciones intactas, las que incluyen formas de organización comunitarias. En este paisaje árido, en el que el sol brilla 365 días al año, la comunidad celebra las fiestas en tributo a la Pachamama (Madre Tierra), donde se homenajea cada año a la mujer de mayor edad del pueblo, se pueden escuchar las coplas tradicionales y degustar una producción de vinos caseros. Una visita al Museo de la Pachamama permite conocer las costumbres y trabajos ancestrales de la Cultura Diaguita-Calchaquí.

El último punto de este viaje al pasado por los Valles Calchaquíes de Tucumán es una visita a las Ruinas de Quilmes, uno de los más importantes asentamientos prehispánicos de la zona y el último reducto de la región en caer bajo el poder de los conquistadores españoles. Este pueblo se construyó con piedras y albergó a unas 3.000 personas a los pies del cerro Alto del Rey. Recorrer los angostos senderos de la antigua ciudadela en compañía de guías especializados permite reconocer las zonas de viviendas y de producción, los patios y atalayas, los morteros y fortalezas defensivas construidas por este pueblo de guerreros que resistió a los invasores como ningún otro. Desde las alturas de la ciudad, la panorámica es imperdible: a lo lejos se ve el río y el valle por largos kilómetros; y hacia abajo, la vista imponente de lo que ha quedado.

 

IMPORTANTE: Recorrer los Valles Calchaquíes de Tucumán lleva, como mínimo, un día entero. El circuito se puede realizar en vehículo particular o a través de una excursión. Para conocer la región en profundidad es necesario dedicarle, al menos, 2 días completos.

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