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En la capital y en la provincia, asadores donde destacan las carnes rojas; platos donde las tradiciones criollas se funden con influencias italianas y españolas; y nuevas rutas gourmet.

Buenos Aires refleja eclecticismo en cada rincón. A la hora de la comida, en la ciudad la variedad se ha convertido en integración. Cada calle porteña esconde un secreto culinario: sabores tradicionales dan cuenta de la cocina criolla fundida con las influencias de la inmigración europea de los siglos XIX y XX. Si de tradición se trata, en el centro porteño los aromas de los cafés notables seducen en cada esquina; mientras que la Avenida Corrientes, la de los teatros, contiene en su trazado a las más tradicionales pizzerías (aquí la pizza se come ‘al corte’, ‘de parado’, acompañada con moscato -vino dulce- y fainá). En el sur de la ciudad se suceden los bodegones, clásicos y convocantes. Y aunque en todos lados la vedette indiscutida es la carne argentina, para degustar el clásico asado lo mejor es alejarse un poco de la gran urbe, dejarse llevar tierra adentro por la provincia y echarse a disfrutar del aroma y el sabor de las parrillas y asadores en entornos rurales como los que regalan, entre otros, los pueblos de San Antonio de Areco, Luján, Tomás Jofré, Uribelarrea, Tandil, San Pedro y Ayacucho. En la provincia de Buenos Aires la experiencia gourmet da cuenta de sabores, olores, colores que hacen a la identidad y a la cultura de un pueblo: a la mística del tradicional asado gaucho y los clásicos salames de Tandil se suman innovadoras exquisitas experiencias: la Ruta del Arándano, la Ruta del Olivo y la Ruta del Vino.

 

La cocina argentina es universalmente conocida por la calidad de sus carnes rojas. El asado es el plato típico de la mesa local. En San Antonio de Areco, Luján, Tomás Jofré, Uribelarrea, Tandil, San Pedro y Ayacucho, entre otros pueblos de la provincia de Buenos Aires, el gaucho toma el mando de la cocina e invita una parrillada increíblemente completa. En la ciudad, las carnes argentinas se funden con “las recetas de la abuela” para dar lugar a platos con raíces en las cocinas españolas e italianas, culturas de las que provienen muchas de las abuelas de los argentinos. 

La cocina italiana está muy representada en la vida argentina; por toda la ciudad de Buenos Aires están desperdigados cientos de locales de venta de pasta fresca casera (plato típico de la mesa de los domingos), y en cuanto a los restaurantes hay, básicamente, de tres tipos: los caros; las trattorias de barrio y las pizzerías. También la comida española forma parte de la esencia cultural argentina: en la capital, sobre la Avenida de Mayo, se suceden los salones donde se degustan paellas y mariscos, y con la renovación culinaria que han propuesto los grandes cocineros argentinos, Buenos Aires ha abrazado también el sabor  -y la cultura- de los menúes de tapas.

Tierra adentro, en la provincia, las tapas se llaman ‘picadas’: una ceremonia que excede lo meramente culinario, una excusa –sabrosísima- para el encuentro de los lugareños en los bares del pueblo. Aquí es protagonista el Salame Tandilero, un chacinado que cuenta con denominación de origen –las recetas para su factura provienen de la localidad de Tandil, en el sur de la provincia- y que se degusta junto a vinos auténticamente bonaerenses. Entre las sierras del sur de la provincia y al abrigo de los vientos que soplan desde la Costa Atlántica, en Sierra de la Ventana, en Villa Ventana y en Médanos se destaca la producción vitivinícola de bodegas boutique. Establecimientos que a las visitas guiadas por los viñedos suman catas dirigidas y actividades especiales en tiempos de vendimia.

La novedad gourmet en suelo bonaerense son dos rutas exquisitas: la Ruta del Olivo –también en el sur provincial, en el partido de Coronel Dorrego (donde cada mes de abril se realiza la Fiesta Provincial del Olivo)- y la Ruta del Arándano –extendida sobre la Ruta 9 que vincula los municipios productores de Zárate  y San Pedro-.

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