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En el corazón de la Quebrada de Humahuaca, un pueblo de calles de tierra rojiza y casas de adobe que se funden en un paisaje de impactantes cerros multicolores.

A 65 km de San Salvador de Jujuy, 3 km al este de la Ruta Nacional 9 por la Ruta Nacional 52, rodeado de un imponente marco natural conformado por el Cerro de los 7 Colores -ícono turístico de la región- y el Paseo de los Colorados, Purmamarca encanta la mirada del viajero.

Se trata de una pequeña aldea de origen prehispánico cuya historia originaria se remonta hacia el siglo XVI, tiempos en que supo formar parte del Camino del Inca. Su trazado urbano fue realizado en torno a la iglesia de Santa Rosa de Lima. La plaza, ubicada frente a la iglesia, es cada mañana el escenario de la feria de artesanías más colorida de la región Norte. Asoman, detrás, la imagen imponente del Cerro de los 7 Colores y las callecitas de tierra rojiza que guían hacia el Paseo de Los Colorados. A un costado, silencioso, aguarda al viajero el Cabildo de Purmamarca, el más pequeño de toda la Argentina. Algunas pocas cuadras arriba, la oferta de locales de artesanías de diseño y restó gourmet diversifica el paisaje y suma encanto, donde también se encuentran pintorescos emprendimientos hoteleros de refinada arquitectura, alta calidad y destacados servicios.

Apoyado sobre el azul cielo purmamarqueño, el Cerro de los 7 Colores constituye un paisaje natural único por su particular belleza. Como desafiando las normas, contrario a la tradicional imagen de la montaña marrón y rocosa, este cerro se erige imponente con sus ocres, amarillos, naranjas, verdes, marrones, lilas y violetas. Un verdadero arcoiris de piedra cuyo ‘secreto’ se halla en el origen sedimentario de las rocas que lo componen. Una excelente muestra de la belleza natural de la Quebrada de Humahuaca.

Dando la vuelta al popular cerro, a lo largo de apenas 3 km, el Paseo de los Colorados ofrece un paisaje magnífico. El circuito comienza en alguna de las callecitas del pueblo -tiene dos entradas / salidas posibles– y se extiende hasta transformarse en un enigmático camino de tierra rojiza. Avanzando el paso, un poco más allá se encuentran algunas casas alejadas y después pura naturaleza teñida de rojo furioso. En el medio, los verdes amarillos brillantes de los cardones se disputan la atención con el intenso celeste del cielo. Al interior del paseo, el ojo experto podrá descifrar las distintas eras geológicas que supieron hacer el lugar: la erosión del agua y de los vientos ha dejado la impronta de su trabajo milenario en las curiosas formas de las contundentes rocas. En tanto, el viajero se encontrará con un mágico juego de colores brillantes siempre distinto, según la hora del día, según la estación del año y hasta la cantidad de la lluvia caída. En todos los casos, las vistas son magníficas y vale la pena detenerse a contemplar el paisaje que se tiene por delante, y el que se va dejando atrás. Por supuesto, como todo en Purmamarca, el Paseo de los Colorados se disfruta mejor si se hace con tiempo y sin apuro, preferentemente a pie o en bicicleta.

Al caer la tarde, el té de coca y las empanadillas de cayote reconfortan al viajero luego de su caminata por los alrededores. Cuando la luna brille cielo arriba, la música tomará por asalto a Purmamarca, donde la sabrosa carne de llama y el inigualable vino de altura serán el hechizo de una experiencia perfecta.

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