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En la ciudad donde la noche es una fantasía, un recorrido para dormir, al amanecer.

Parafraseando la balada, podría decirse que las nochecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste?. Cierto es que, en ocasiones, “va la luna rodando por Callao”, que en los barrios del sur “cada tango es una confesión” y que sobre la Avenida Corrientes las luces de la ciudad brillan con un resplandor imposible de resistir. Los poetas, a ambos lados del océano, coinciden en contar que en Buenos Aires “el día hace la guerra, la noche el amor”. Cuando cae el sol, bajan las persianas de los negocios, cierran sus puertas las tiendas y encienden las hornallas los restaurantes, las librerías se aprestan al encanto de la búsqueda de ese título inhallable, se levantan los telones y se descorchan las botellas. Las quejas de un antiguo bandoneón se funden aquí con los furiosos acordes del rock and roll, el 2x4 convive con los ritmos electrónicos; arde entonces la ciudad “donde nadie sabe de nadie y todos son parte de todos”.

En Buenos Aires se cena y se duerme tarde. De lunes a lunes, aunque con ciertos matices según los barrios, hay sitios abiertos hasta bien entrada la madrugada donde apuntar un trago, saciar el apetito y mover el cuerpo. Acaso porque el vermut que clausura la jornada laboral es una cita ineludible en los Cafés Notables del centro, donde la charla –y la discusión, fervorosa- siempre están listas; quizás porque la oferta de happy hour de los bares irlandeses del bajo porteño es muy tentadora; tal vez porque en la noche de San Telmo encandilan las calles de adoquines con sus faroles amarillos; porque de madrugada los fantasmas del cementerio de la Recoleta dejan paso al bullicio de las discotecas; porque cuando sale la luna el Abasto vibra al son de la música de Latinoamérica; porque en la oscuridad de los suburbios el tango y el rock suenan mejor que en ningún otro momento; porque en Palermo la fiesta en las terrazas de las antiguas casonas es glamorosa; porque el río brilla en la noche de la Costanera. Porque en Buenos Aires el vino se bebe a tiempo con la elegancia que la bebida de los dioses indica. En la capital argentina, se vive hasta tarde.

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