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Dejarse llevar por la cadencia del bandoneón, por el abrazo en la pista de baile, por la poesía salpicada de nostalgia de los tangueros, para conocer la fibra más íntima de una ciudad.

En las callecitas empedradas de los suburbios. En las fachadas de las centenarias casas de los inmigrantes. En los bares, librerías y disquerías del centro. En las tanguerías y en las milongas en las que se baila abrazados. Buenos Aires (se) vive en clave de 2x4. El tango es una expresión musical y una danza sensual, pero es, también, muchas otras cosas más. Es un lenguaje particular –el lunfardo, una jerga vinculada a la inmigración y a los arrabales porteños-, un modo de vestirse y de andar, una forma de vida. Declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 2009, el tango es marca registrada del Río de La Plata.

De origen marginal y prostibulario, durante la primera mitad del siglo XX el tango se convirtió en la música ciudadana por excelencia. Las huellas de aquella época dorada se encuentran hoy en las imágenes omnipresentes de Carlos Gardel, ‘el zorzal criollo’ que, dicen los porteños, “cada día canta mejor”. En los nombres de las calles de Buenos Aires que homenajean a músicos y poetas del tango: Enrique Santos Discépolo, Cátulo Castillo, Aníbal Troilo, Roberto Goyeneche. Recorrer los barrios típicamente tangueros es una buena forma de conocer la mítica de esta música porteña. Si bien es usual encontrar vestigios de tango en cualquier esquina de la ciudad, a músicos callejeros que tocan el bandoneón y a parejas que bailan para luego pasar ‘la gorra’ (en la céntrica peatonal Florida, en las plazas de la coqueta Recoleta), hay barrios emblemáticos por su historia tanguera: en el sur, Boedo, y en el centro, el Abasto. Dos postales clásicas y muy pintorescas de la ciudad tanguera son Caminito, en el barrio de La Boca, y Plaza Dorrego, en San Telmo.

En la Buenos Aires del siglo XXI el tango no sólo es recuerdo. La cultura del 2x4 cuenta hoy con una escena tanguera renovada, alimentada por nuevas generaciones de músicos que fusionan la música ciudadana con otras expresiones musicales o, simplemente, la adaptan a la sensibilidad musical de esta época. Al caer la noche en la ciudad, el tango despliega toda su sensualidad y su encanto en tanguerías, milongas, cenas shows y espectáculos teatrales de alto impacto. El circuito es amplio y diverso y se concentra en su mayoría en los barrios del sur, donde orquestas, cantores y bailarines de primer nivel ofrecen propuestas clásicas y de vanguardia que se acompañan con una exquisita cena auténticamente argentina (entre el tango, el asado, las empanadas y el vino se ha instalado un curioso maridaje pleno de placeres). Lo que prima en esta experiencia es el virtuosismo. Las parejas de bailarines ensayan pasos dificilísimos, con firuletes, vueltas y saltos, plenos de sensualidad. Los vestuarios son lujosos. Los cantores y las orquestas acompañan de maravillas y aportan glamour a la tanguera noche de Buenos Aires.

Menos conocidas, pero no por ello menos atractivas, son las milongas (en el centro y en los barrios de Almagro, Abasto y Palermo), donde el objetivo es bailar “hasta gastar la pista”. Lejos del concepto de espectáculo, en las milongas populares todos son protagonistas. Aquí el tango no se contempla, se vive. En la pista de baile se confunden expertos, aficionados, principiantes y curiosos de todas las edades. Algunas milongas comienzan con clases de baile en las que se aprenden los ocho pasos básicos. Para tomar estas clases hay que llegar temprano. Luego, sólo se trata de dejarse llevar: la improvisación es una de las características más fascinantes del tango.

 

El tango se disfruta en Buenos Aires todo el año, pero en el mes de agosto los amantes de la música ciudadana tienen una cita ineludible: el Festival y Campeonato Mundial de Tango. Conciertos multitudinarios, milongas al aire libre, exposiciones de diseño tanguero, presentaciones de grandes figuras y la visita de bailarines y músicos de todo el mundo hacen del tango una verdadera fiesta porteña

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